Erotismo

El arte erótico es aquel que provoca un placer al cuerpo.
No existe erotismo si alguien no está mirando …
Querer saber, de ahí surge el pecado. No el acto, sino su
conocimiento.
Mirar, espiar, imaginar…

El acto  más  perverso  del  hombre  es  el  de  hablar  y  hacer  hablar.
De este modo, los discursos de la  crítica y  la teoría se  nos  muestran
como  aquellos   más  perversos  por su  voyeurismo,  que  se  demora
amorosamente en torno al objeto y despliega esos espacios prohibidos


El deseo es  ese  estado  transitorio,
ese   anhelo   que  discurre  por  las
fibras de todo el cuerpo, que inyecta
pasión  contenida  y  que cataliza el
torrente   de   sangre   dispuesto   a
desbordarse  como   lo   hacen   los
cursos de agua  cuando llueve en la
montaña.


Un  voyeur...  ¿qué  es  un  voyeur?
Criatura de la curiosidad y la avidez,
sujeto lleno de deseos…


El voyeur no  "tiene“  un  texto, 
no es textualización.
Es  tan  sólo  intensidades   de
sentido.  No hay  fijación textual. 
Algo   fantástico   sucede en  él:
cuando  mira  su   identidad   se
deshace      momentáneamente
hasta que todo acaba y vuelve a
ser   él    mismo,   con  el   botín
de la experiencia testificada.

*Algún fragmento de texto de Alberto Garrandés

“Parto esencialmente del principio según el cual el erotismo conduce a la soledad. De hecho, el erotismo es aquello de lo que es difícil hablar. Por razones que no son sólo convencionales, el erotismo se define por el secreto. No puede ser público.”
Bataille, El erotismo
 
ANA CECILIA TERRAZAS
El abatimiento de Eros


En este siglo que culmina, la imagen pública y la concepción colectiva del sexo se desplazan al terreno de lo irreal, convocan a la esquizofrenia y desbarrancan la intimidad. El sexo como lo conocemos –de cuerpo para afuera–, el que nos entregan los medios masivos de comunicación, resultado del fenómeno mass media, se construye a años luz de lo posible. Ni se refracta ni se refleja, se puede decir que no es cierto. Corre el peligro de cobrar una vida virtual propia, circular, en universos aparte del ser humano consumidor de esas fuentes inagotables de información que, para efectos sexuales y eróticos, cuando menos, desinforman.
Baste lo anterior para enlistar en primera instancia algunos efectos peligrosos del –aquí se llamará– sex media, o lo que es igual, la consolidación de la banalidad del erotismo: se añaden al imaginario popular los recovecos corporales de nuestros artistas favoritos; se nos instruye con cánones inasequibles para experimentar una sexualidad de película nominada al Oscar; se nos sumerge en la paradoja del amor aséptico, cuando a la vez se nos plantea el éxtasis como histórico; se nos muestra permanentemente el ángulo menos veraz de los modelos de gusto a seguir; se vive, en suma, lo invivible, mientras estamos atados a cuerpos y mentes cuyas funciones y actos tienen nada que ver con lo que atestiguamos como personas.
Esto todo, desatado por la avalancha del furor del cinematógrafo, de la radio, la televisión, la prensa, la publicidad y la cibernética. Por el incesante bombardeo comunicacional azuzado cual Gólem a estas alturas de la historia humana.

El efecto telescopio

 
A través de películas, entrevistas, publicaciones sensacionalistas, la pantalla grande o la chica, uno se asoma, por lo general con desmesurada facilidad, a las regiones más privadas de las personas más desconocidas; de gente, en teoría y en realidad, ajena.
El común de los mortales tiene acceso de igual forma a la parafernalia genital de un presidente de los Estados Unidos y de su examante Mónica Lewinsky como a los malabares eróticos de actores y actrices famosos.
El microscopio de la individualidad, del sujeto, se ha desdibujado por el telescopio de los medios masivos que acerca y agranda, que pospone la realidad para darnos en casa, para colocarnos en la mano, los cuerpos y recodos de personas tan inasibles como la bella diva hollywoodense Michelle Pfeiffer o un perfecto desconocido histriónico, protagonista de alguna película pornográfica.

El mundo así no es, pero simula serlo. El sexo tampoco se vive así, pero públicamente se ofrece como burbuja utópica modelada por los productores del sex media.
La mujer que aparece en los comerciales de Bacardí blanco, difícilmente será conocida por nadie, y sin embargo, se añade al delirio fantástico de quien consume no sólo el ron con esa marca sino los estándares manipulados que la señalan como bella excluyendo seguro –sin nos apegamos al patrón físico próximo– a la estética de la mujer promedio de este país.
Las estrellas descienden en apariencia gracias al telescopio fabricado por los jinetes de los medios masivos de comunicación que ofertan la epidermis del otro; lo mismo para concebir un paradigma sexual que jamás podrá ser concretado, como para adentrarnos en la vida de quienes debieran no importarnos y no obstante nos conciernen gracias a esa presunta aproximación y conocimiento del espacio exterior.
Instrucciones
Quien asimila e incorpora la gran cantidad de mensajes emitidos por los medios masivos de comunicación puede ahora aceptarse como un receptor de órdenes, blanco de un instructivo inútil e ineludible.
Los modelos hegemónicos planteados para hombres y mujeres, los empoderamientos de género sugeridos, las imágenes ilusorias de lo bello, lo sensual, lo deseable, están perfectamente marcados y pocos escapan a dichas instrucciones.
Si un noticiario influyente logra advertirnos sobre la inminencia de una erupción volcánica en determinadas áreas de la geografía nacional, la gran mayoría de la población afectada huirá de su tierra para salvarse de inmediato.
De ser anunciada una epidemia fulminante en ciertos lugares del país, lo menos que se esperará es que los habitantes de esas zonas tomen las pertinentes providencias para prevenir enfermedad alguna.
Asimismo, cuando se impone la imagen de lo güero y lo musculoso como lo estéticamente agradable, cuando una relación amorosa se ordena exitosa sólo sumergida entre los arrebatos vocales de Celine Dion, o sucede en medio de un elegante departamento, al más puro estilo arquitectónico neoyorquino, escasamente podrá la realidad concreta devolver al soñador la posibilidad de realizarse normalmente en un contexto tangible, factible, a su alcance.
Las órdenes propinadas desde las altas esferas de productores y hacedores de los medios, de hecho, se eluden, pero esto no significa que el ejercicio de la imaginación individual no esté deslindado o tenga que batallar en la concreción contra esa nube imaginaria que ha sido conformada como el paradigma comercial de lo que es no siendo.
Historia versus éxtasis
Los medios señalan, apuntan y registran la historia cotidiana. Plasman en pasado perfecto lo ocurrido en las horas y los días que atañen a todos, sin hablar específicamente, desde luego, de ninguno de nosotros.
Se escribe y describe lo ocurrido, lo que está sucediendo y quizá lo que vendrá. Pero, por lo que toca a la banalidad del erotismo, al sex media, la paradoja salta justamente cuando se llega a la cúspide del ámbito sexual: el éxtasis.
Cuando Kant se refería a la Revolución Francesa, solía afirmar que su entusiasmo se situaba fuera del tiempo, incluso fuera del tiempo de la historia. El éxtasis es el único estado que nos permite escapar de nosotros mismos y de lo que somos, el éxtasis se desliza fuera del tiempo. Pero más allá de su evidente negación de la temporalidad, parece aspirar a una frágil eternidad. Las imágenes electrónicas que abordan clímax, éxtasis, pertenecen a un pasado reciente, pero pretenden congelar el instante, forjarlo como presente perpetuo, siempre renovable, o enfrentarlo a la historia y al devenir.
La pornografía no pretende otra lectura que recoger y fijar esos instantes climáticos de infinito goce que fluye y prolifera al margen de la historia. La pornografía y el erotismo aluden al más secreto propósito del mass media, la seducción sin límites, la seducción constante que distrae al hombre del devenir y agrega así un elemento patológico más a su conceptualización común del acto sexual.
Se antoja complejo recordar algo menos real que los derrames amorosos petrificados por la pornografía que abunda en los medios y que se adjunta al imaginario sexual colectivo.
Publicidad
La publicidad es, sin duda, el nuevo evangelio de los hombres. Son el slogan y la imagen publicitaria los que conforman nuestro modelo de realidad. La distorsión del sexo y vida sexual que recibe el público, la imagen misma de lo apetecible y lo deleznable, han sido pues reforzadas, sin duda, por la eficacia de todos los publicistas.
Creativos de agencias trasnacionales y nacionales se consagran a decantar los ángulos menos veraces de cualquier producto para venderlo como verdad. La publicidad ofrece siempre un producto bajo su menor máscara, bajo su apariencia de verdad, pero no bajo su cruda y verdadera realidad.
Si un spot televisivo de un producto X dura comúnmente pocos segundos, en realidad le hace un favor a los diseñadores de campañas publicitarias, ya que, de prolongar su vida comercial (al aire), se forzaría la extracción de más verdades que deben a toda costa ser omitidas, apagadas, como deben silenciarse asimismo las palabras e imágenes que las evidencian.
Ahora bien, el maquillaje publicitario adherido al producto en venta, que incorpora lecturas sexuales, sensualismos utópicos, puede ser descalificado a punta de enfrentamientos con la experiencia real de los individuos. Por otro lado, lo que no es factible, es que los portavoces de la irrealidad eviten anticipar en la mente de sus consumidores potenciales visiones del mundo articuladas fuera del combate cotidiano.
De ahí que, el consumo inocente o agudo del bagaje publicitario provoque un inextricable y traumático batallar entre los individuos y su vida, y la imagen pública que se han conformado del sexo.
En lo que la publicidad disloca el sexo posible y las posibilidades del sexo en las relaciones dadas, la tensión que ocasionan ambos mundos son causa de un choque recurrente con los mitos funcionales del sistema de imágenes (en este caso imágenes sexuales, eróticas).
Vistas desde la semiología más elemental, las realidades diferentes y divergentes entre la factura que cobra la publicidad a sus consumidores, parecen insólitas, insaldables, inevitablemente condicionadoras.
Si todo producto se presenta virtualmente como signo, y todo hombre puede investirlo de un sentido de consumo, de un significado mercantil, existen conceptualizaciones sexuales cuya sola razón de ser es la no especificidad, y tratan justamente de imponer la incomunicación entre los hombres con base en estereotipos enajenantes.
Sea éste no más que un escenario pérfido y plausible para el sexo en público que nutre al hombre masa de McLuhan, ya depurado, por cierto, a su máxima expresión finisecular.

Estar Fuera
Allen Jones

La coexistencia de actitudes deformadas y grotescas respecto del sexo, con la accesibilidad de asomarse de manera superintegral a intimidades extrañas, indica no sólo que la imagen sexual que este siglo soporta gracias a los medios masivos de comunicación es efímera e ilusoria, sino que remata las puntas terminales de la coherencia para asaltar la razón y roer de paso, entre otros, los coitos repentinos.
El daltonismo existencial aportado por el sex media subyuga entonces las concreciones eróticas, animando la insatisfacción sexual.
Lo anterior no significa que los modelos sexuales al alcance no puedan modificarse con la entrada de los años venideros. Simplemente valga recalcar que, los sueños guajiros sexuales sobre los que se construye el imaginario popular actualmente, reposan sin más en la banalización del erotismo, en una especie de asideros viscosos difíciles de superar.
Según Jean Baudrillard, toda relación sexual se funda siempre en un arquetipo imaginario. Cuando la relación sexual se consuma dentro de lo real desaparece y se pierde el arquetipo imaginario que la fundó.
Si el sex media genera anticipadamente tantos arquetipos imaginarios, y a su vez los explota deformados al extremo, aun cuando el sexo sea consumado dentro de lo real resulta imposible hacerlos desaparecer. Más todavía, cuando resulta imposible agotar la vastedad de arquetipos que brindan los medios hoy en día.
Ana Cecilia Terrazas, "El abatimiento de Eros", Fractal n°12, enero-abril, 1999, año 3, volumen IV, pp. 83-80.
 
 
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